martes, 27 de septiembre de 2011

Confesión

Era un acto divino de aquel monje el entregar la saeta al individuo con cara tortuosa. Los ojos del clérigo no distinguían bien a que se debía la aparición de ese hombre en el altar de la iglesia, la vieja iglesia, pidiendo auxilio para acabar con los mal habidos sueños y esperanzas. Le entrego la saeta al hombre y poco a poco se la fue metiendo por la cabeza, el monje impresionado grito de espanto, la pequeña flecha poco a poco se abría paso entre tejidos y músculos hasta acabar en el cerebro.

El hombre envuelto en dolor llego al recuerdo mas profundo y mas doloroso, coloco la punta con tal habilidad, sobre su lóbulo temporal y recito un cántico antiguo. Toda la iglesia de pronto se torno gris y comenzó a soplar fuerte el viento afuera, azotando los arboles contra murallas invisibles de aire ponzoñoso. Los vitrales temblaban como si fuera llegando el anticristo a esa iglesia tan olvidada. De pronto el viejo jesuita vislumbro una luz que salia de la cabeza del hombre, justo en el lugar donde estaba enterrada la saeta, era amarilla y se distinguía de todos los demás colores de su alrededor. El hombre gritaba de dolor y de pena, pero sacaba de a poco sus recuerdos. Esos momentos dolorosos se amarraron a la punta de la saeta con un haz de luz de oro brillante, y poco a poco el andrajoso comenzó a tirar hacia afuera la saeta extrayendo todo ese pedazo de memoria.

Comenzó a vivir sus experiencias, de como había traicionado a la madre tierra colocándose como ser superior sobre todas las demás especies, recordó como sucumbió a los tentáculos de la Pachamama en su afán de controlar el corazón de todo el mundo. Su postura era tan fuerte que sacrificó muchas vidas en búsqueda de Gaia, de la Tierra para controlar su poder y el mundo. Muchos murieron, otros se entregaron al olvido pero él seguía firme.
"(...) y así fue como comencé a perder todo lo que amaba y todo lo que quería". Esa frase salió iluminada desde el haz de luz en su cabeza, y el monje comenzó a leer todas las frases que salían y las comenzó a escribir en un libro.

Diez días después el libro estaba completo, el hombre estaba muerto y el clérigo estaba contento. Había echo su primera confesión.

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